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Recorrido por Florencia | Piazza del Duomo

La grande belleza

Por Juan Carlos Villanueva

La Piazza del Duomo abre paso a una urbe de extraordinaria fuerza, sensible y apasionada, como la visión del mundo de quienes la crearon y habitaron.

No hay forma de escapar a la hechizante ambivalencia de la luz y la oscuridad. Cuando alguien contempla la Catedral de Santa María del Fiore (Il Duomo), descubre una obra de una belleza inverosímil, inhumana. La primera impresión fue de hipnosis, su hermosura me dejó sin habla. La simetría matemática por la exactitud y el equilibrio de sus líneas, producían un vértigo absoluto. Atolondrado, extasiado, casi sin aliento, lo único que hice fue sujetarme del tripié de mi cámara fotográfica, para no naufragar en aquél océano de asombro y esplendor.

Las más grandes obras de arte provienen de las almas o mentes atormentadas. Finalmente, aquí nacieron, crearon y deambularon Dante, Lorenzo de Medici, Maquiavelo, Miguel Ángel. Nombres, rostros, fachadas, calles y veredas, cuartos de hotel como fantasmas de una legión interminable de otros fantasmas, sí, este lugar parece una sesión espiritista. Por estas calles anduvo Poliziano, un poeta atormentado que escribió un poema sobre Simoneta Vespuci titulado “Le Stanze per la Giostra”, que después serviría a Boticelli como inspiración para pintar el rostro precioso de aquella mujer que murió de tuberculosis a los 23 años.

La historia trágica

En la Piazza Della Signoria sucedieron cosas terribles. Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola, el religioso dominico autor de las célebres hogueras de vanidad –que prendió fuego a libros, mapas, e incluso a la estatua de mármol de Platón–, fue llevado a la hoguera bajo el papado del Borgia Alejandro VI. Su ejecución sucedió delante de la Loggia dei Lanzi, donde una placa en el pavimento lo rememora. En el mismo lugar, un siglo antes, el joven poeta Dante Alighieri contemplaba cómo jugaba una niña bellísima de no más de ocho años llamada Beatrice. El cuello de la musa fue inspiración para La Vita Nuova. En este lugar habitan esculturas que hablan sobre la volatilidad política de la ciudad: Cosme I, a caballo, y Hércules y Caco, representando el poder de los Medicis; el Marzocco (el león heráldico de la ciudad), la presuntuosa fuente de Neptuno simbolizando a la misma Florencia, y el famoso David (o su copia) como símbolos de identidad republicana.

Desde lo alto de un mirador, contemplaba Florencia y veía sobresalir la cúpula del Duomo. Las villas, sus tejados de terracota y sus campanarios, me hacen pensar en un mundo poblado por fantasmas que nos hablan a través de sus obras; con un pulso invisible, transitan entre los cipreses y reverdecen con el color tierno de los pastos.

Mi estancia en Florencia coincidió con la filmación de la cinta Inferno, basada la novela homónima de Dan Brown, que estrena en noviembre. Mientras caminaba cerca de la entrada a la Gruta de Buontalenti –construida por el artista, arquitecto y escultor Bernardo Buontalenti (Florencia, 1536 - 1608), que fue discípulo de Vasari, mencionado en múltiples episodios de Inferno, decorador del Palacio Pitti y de los hermosos Jardines Boboli– me encontré con Tom Hanks y Felicity Jones en una encarnizada persecución, finalmente los relatos de crimen y misterio prevalecen en estas tierras. La gruta de Buontalenti está cubierta de estalactitas falsas y personajes estrafalarios, como los esclavos de Miguel Ángel (desde 1908, sus copias), en cuyo extremo la impúdica Venus de Giambologna sale del baño bajo la mirada lasciva de los diablillos. La ciudad parecía sitiada por cámaras, actores y policías. El Palazzo Vecchio, la Torre de la Badia, La Viale Niccolò Machiavelli, la Puerta Romana de Florencia, el Palacio de Pitti, el Museo Casa di Dante en la Via S. Margherita 1, el Statale d’arte Firenze y los Jardines Boboli se convirtieron el locaciones para el cineasta Ron Howard.

“Parece que quieren escapar de la piedra”, dice una señora parada a mi lado mientras contemplaba a estos cuatro inacabados prisioneros, de Miguel Ángel Bounarroti. Tiene razón, parece que pudiera escuchar sus gemidos que, por siglos, han habitado esa piel de gélido mármol. Pero en el pasillo principal de la Galería de la Academia, habita una presencia de alucinante belleza. Es enorme, apoteósico, el David –obra clave del Renacimiento italiano– ha sobrevivido por más de quinientos años. Fue realizada en mármol blanco con 4,10 metros de altura por encargo de la Opera del Duomo de la Catedral de Santa María del Fiore de Florencia. Esculpido entre 1501 y 1504, Miguel Ángel cuenta en su diario: “Cuando volví, me encontré con que era famoso. El consejo de la ciudad me pidió que sacara un David colosal de un bloque de mármol, ¡dañado!, de casi seis metros”. Durante tres años, el artista emprendió una relación casi erótica con ese bloque de mármol dándole forma y gracia. Al observar cómo los ojos de David han visto millones de destinos desfilar, pienso que, desde aquella altura, los ojos de nuestro mítico personaje puedes observar cómo el mundo gira debajo de sus pies y contempla la eterna estupidez de los hombres, hasta reírse de ella.

Recorrido por Florencia | Vista Aérea de la ciudad

El síndrome de Florencia

Hay algo especial y único que le sucede a los viajeros que visitan Florencia. Aquél cuadro de vértigo, confusión, taquicardia e incluso atolondramiento se ha convertido en el símbolo de la reacción romántica ante el intenso gozo artístico. En 1979, la psiquiatra Graziella Magherini llegó a este diagnóstico conocido como el síndrome de Stendhal, tras revisar más de cien casos similares entre turistas y visitantes de esta ciudad. En 1817, el escritor francés Stendhal, tras visitar la Basilica di Santa Croce de Florencia, escribió: “(…) me palpitaba fuerte el corazón, se me había agotado la vida y temía caerme. También se le llama síndrome de Florencia.