México - Español

Leyendas del día de muertos |  Centro Ciudad de México

Recorriendo la Ciudad de México entre leyendas

 

23 de octubre de 2015
Por: Luis Monroy


Aquel día lo comprendió perfectamente. Al principio subestimó el consejo, pero se prometió, en agradecimiento a haber sobrevivido, no volver a hacerlo. En un principio, cuando escuchó todas las leyendas de la Ciudad de México que pululaban de boca en boca y se contaban de distintas e innumerables maneras en cada esquina, pensó que era una exageración; una antigua artimaña para atraer visitantes, para tildar de fantástica a una ciudad como cualquier otra. Grave error.

Cuando retó los resabios populares, cometió su primera equivocación. “Anda, vete tú solo al Centro de noche”, le dijeron. Y envalentonado, como cualquiera que ignora a lo que se enfrenta, se fue solo. Caminó por las adoquinadas calles del Centro Histórico, diciéndose a sí mismo, como jactándose de su triunfo, que allí no había más que las bellísimas fachadas de los edificios circundantes. No más.

En tanto caminaba, presintió ese temor que aún no se presenta pero que ya se anuncia. Le pareció que la imagen de la gigantesca Catedral se alejaba y las calles se estrechaban. ¿Por qué? ¿Cómo? Ya le habían advertido que en México, durante el Día de Muertos, las leyendas no se tomaban a la ligera. Decidió ignorar, nuevamente, aunque ya no con tanta resolución, el socorro de la memoria. Pensó que el fenómeno que se le presentó era provocado por la comilona de tacos al pastor que se dio durante el día.

Leyendas del día de muertos |  Centro Ciudad de México
Palacio de Ayuntamiento, Ciudad de México.

Cuando se dijo que ya había comprobado su valor, decidió tomar rumbo a su hotel. Quizá ya era demasiado tarde. La luz de los faroles se había atenuado y, como por reflejo de la liberación de su cautivo temor, sus oídos se encontraron con el lastimero susurro de un eco lejano. Era un lamento, sí. Pero no alcanzaba a escuchar qué decía. Aceleró la marcha pero era tan persuasivo el susurro que, en lugar a donde debía ir, persiguió el son de los lamentos.

Leyenda, es sólo una leyenda de México. No hay nada fantástico más que lo que ocurre cotidianamente. En vano intentó convencerse. Su mente estaba inmiscuida en una batalla y su cuerpo le seguía. Si bien no reconocía las palabras de los quejidos, una de ellas sí retumbaba en su cabeza: perder. ¿Quién? ¿Cuándo? No lo comprendía.

Quizá había dado mil vueltas por la misma cuadra. Cada que iba a doblar la esquina, veía el reflejo, en un charco que había dejado a su paso la lluvia, de un delicado talón apenas descubierto por un vestido que seguramente era larguísimo. “De ésos que se usan en los palacios”. Pero jamás alcanzaba el dichoso talón. A la enésima vuelta, decidió dejar de perseguirlo. Exhausto y jadeando, se recargó en la primera pared que le socorrió.

Y entonces sucedió. ¿Por qué? Porque estaba cansado y desprevenido. Una sombra. Cabellos largos. Rostro imperceptible. Vestido blanco como una sábana.

Pies casi transparentes que se deslizaban. Él dice que le habló. Le preguntó por algo o por alguien. Era tanto el espanto que no recuerda; que los pensamientos están distorsionados. Perderse. “Te vas a perder como ellos”, le dijo. “En dónde están”. Y con un agudísimo “¡Ay!”, que no pudo ser completado, se diluyó.

Leyendas del día de muertos en México | Alebrije
Ángel de la Independencia, Ciudad de México


Corrió sin voltear a ver si el espectro le seguía. Más valían unas piernas desfallecidas que reencontrarse con aquella sombra blanca. Corrió como avestruz desbocada y atropelló al único peatón que se había encontrado en toda la noche. Traía sotana y no emitía palabras. Ni un reclamo, y vaya que los gritos son tan comunes, que ya también éstos son una leyenda más de la Ciudad de México.

El sujeto se levantó. Le preguntó que a dónde iba. Que a dar la extremaunción a tal o cual sujeto. ¿A esta hora? No dijo más. Pero le siguió. Más valía estar acompañado en un sitio lúgubre que acampar a solas en alguna de estas calles.

Llegaron al sitio en cuestión. No tenía nada de especial. Una mujer les abrió, diciendo, “pase usted, padre Lanzas, le estábamos esperando”. El sacerdote hizo lo suyo. No parecía notar que el sujeto que recibía la extremaunción estaba sumamente pálido y apenas se movía. Más bien, su cuerpo estaba rígido y los huesos casi se asomaban por lo que quedaba de carne. Sólo él lo notó. El padre Lanzas no parecía comprender lo extraordinario de la situación.

Recordó que una de las leyendas mexicanas que había escuchado de boca de los modernos juglares, refería la historia de un tal Lanchitas que había acudido a dar el último sacramento a un ser que llevaba mucho tiempo de fallecido y en un sitio que había sido deshabitado décadas atrás. No podía ser. Extraña coincidencia, pero coincidencia al fin. El padre terminó y se marchó. Intentó seguirle pero se perdió en la penumbra. Y detrás, una puerta bañada en telarañas.

¿Y ahora? ¿Dónde quedaba su escepticismo? Como siempre sucede cuando no se comprende qué está sucediendo, sudaba. Su valentía le había llevado a vivir las mismas historias de las que se había reído. ¿Pero cómo? Habían dicho que la Llorona había dejado de aparecerse siglos antes. Que el padre Lanzas era el personaje de un famoso escritor. ¿Cómo podía ser que se reencontrarse con los temores que no creía reales? ¿Se puede esfumar una leyenda? No.

Finalmente pudo calmarse un poco y siguió caminando. Llegó a su hotel y noto que había perdido su llave. Se acercó a la recepción. Pidió la llave de su habitación, esperando que quien le atendiera fuera otro ser extraordinario, como los que le habían atemorizado aquella noche. Nada. Un simple señor vestido de traje y con cara taciturna. Subió las escaleras pues el hotel no contaba con elevador.

Leyendas del día de muertos |  Centro Ciudad de México
Palacio Nacional, Zócalo

En fin, al entrar a su habitación, ya precavido de examinar cualquier extrañeza, y quizá predispuesto a lo fantástico, notó que había un rostro al final del pasillo. No pudo notar más que unos dientes blancos y alargados, como de rata, pero no quiso indagar más. No más fantasmas esta noche. Y se encerró. Dio un portazo a las extrañas leyendas mexicanas que le habían acechado aquella funesta noche.

Afortunadamente, toda noche tenebrosa llega a su fin y ésta cumplió con dicha máxima. Dejó el hotel y subió al taxi que lo debía llevar al aeropuerto.

En un semáforo, notó a un cojo con pata de palo sentado en una banqueta sosteniendo un viejo sombrero bombacho y raído. No preguntó nada. El conductor le dijo que había quedado así porque el Candingas lo había castigado. ¿Castigado de qué? Algo habrá hecho de niño. En México hasta los niños deben lidiar con el espectro de las leyendas. Ni qué decir con la del Robachicos.

Bajó la mirada y lo último que alcanzó a ver en el espejo retrovisor fue unos dientes blancos y largos como de rata. Pasmado quedó pero se juró, solemnemente, que cuando regresara a la Ciudad de México, observaría sus leyendas con recato y respeto.

Encuentra aquí todo lo que necesitas saber para tu próximo vuelo a La Ciudad de México con Aeroméxico

Conoce todas las promociones que Aeroméxico tiene para ti