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Lo mejor de París, sus museos

Las calles parisinas son para admirarlas, paso a paso, con calma y, sólo así, se saborea ese encanto que transporta al pasado

 

Se dice mucho que la magia de París está en sus museos y, pues cómo negarlo cuando los mejores cuadros y esculturas están ahí; sin embargo, también, ha sido la ciudad que ha inspirado artistas que, con su arte, embellecen el mundo.

Y es que, pintores tanto extranjeros (algunos de ellos, Picasso, Van Gogh y Dalí) como franceses (Monet, Degas, Renoir y Delacroix, entre muchos) tomaron esa magia parisina que se vive día a día para transformarla en algo sublime.

Cuando llegas a París, deseas conocerla a fondo, y así nació este recorrido, como un vistazo de ese encanto que verás en cada esquina que, sin duda, hechiza.

Primera parada, Montmatre

El recorrido comienza muy temprano admirando la arquitectura de Sacre – Coeur, y la vista de París que se ve desde ahí. Si llevas una botella de agua vacía, rellénala ahí.

Montmatre, el barrio artístico, por excelencia, de París, donde, pintores, escultores, escritores, poetas, cineastas y diseñadores de moda, hacían tertulias en cafés, bares y restaurantes, principalmente, aquellos que están en la Place du Tertre.

De camino hacia el Moulin Rouge, pasa por Le mur des Je t’aime, ese muro que tiene 311 te quiero en 250 idiomas: una belleza. El recorrido continua sobre Rue des Abbesses y después se da la vuelta en Rue Lepic; a tres cuadras está Café de Deux Moulin. Al ver la fachada del café, llega a la mente el recuerdo de Amélie trabajando.

Una cuadra más adelante está el Moulin Rouge, ese cabaret en el que las más alocadas historias tuvieron lugar, un lugar de burlesque que dio origen al can-can.

Hay todo tipo de historias que lo rodea, pues era un centro de reunión de artistas. Toulouse-Lautrec estaba tan encantado que hasta hay pinturas suyas decorando las paredes. O qué tal las historias de Édith Piaf llenando, con su voz, este refugio en los cuarenta.

Segunda parada, Ile de la Cité

Es media mañana y, seguro, después de tanto caminar, el apetito se abrió y cerca de la Place Saint-Michel que hace honor al épico final de la lucha entre los arcángeles Miguel y Lucifer, hay tiendas con recuerdos, restaurantes de todo tipo que van desde las crepas hasta platillos típicos como la soupe à l’oignon (sopa de cebolla).

A unos pasos, y es de visita obligada, ir a Ile de la Cité, esa pequeña isla en la que se fundó París. Ahí está, de una belleza gótica singular, Notre-Dame de Paris, la catedral en la que se sitúa el romance de Quasimodo, escrito por Víctor Hugo: Nuestra Señora de París.

Cruza el Sena por la Rue d’Arcole para llegar a Hôtel de Ville que, desde mediados de siglo XIV, es el ayuntamiento de la ciudad y otras instituciones como Servicios de la Ciudad. En su fachada hay esculturas en honor a políticos, artistas, escritores y otras personalidades que han marcado la historia de Francia.

Tercera parada, Champs Élysées

El trayecto continúa en Rue de Rivoli hasta llegar al Musée du Louvre, el recinto del siglo XII que una vez fuera residencia de algunos monarcas, hoy es uno de los museos más visitados en el mundo, pues resguarda las más bellas obras de arte.

Para llegar a la Place de la Concorde, donde está el obelisco de Lúxor, un regalo egipcio de Mehemet Alí a principios del siglo XIX y la Fontaine des Mers, hay que atravesar el Jardin des Tuileries.

Y, es justo ahí, entre la Place de la Concorde y el Jardin de la Nouvelle, donde inicia la hermosa Av. des Champs-Élysées. En esta avenida están las tiendas más espectaculares. A una cuadra del jardín, en Rue de Marignan, está L’entrecôte, un restaurante con cortes de carne acompañados de un vino cabernet sauvignon, una delicia.

Champs-Élysées termina en el Arc du Triumphe, llegar justo cuando el sol comienza su descenso y el cielo se pinta de naranja, es admirar un espectáculo hermoso.

Para finalizar en la Tour Eiffel, la Avenue Kléber, es lo mejor, pues ahí el recorrido es tranquilo y te deja en el Jardin du Trocadéro. Ahí está el Palais de Chaillot. Y, desde ahí, el encendido de la torre es, simplemente, majestuoso.

Por ello, sin duda alguna, me atrevo a afirmar que la verdadera magia parisina se encuentra en sus calles, en su gente, en su gastronomía, en su arquitectura, monumentos y en su iluminación nocturna.